Por Sara Elejalde
La adolescencia es un momento vital complejo, y es que, ¿quién no adoleció o hizo adolecer a alguien en estos retadores momentos: los nuevos intereses, las mariposas sin sentido en el estómago, el martilleo en la cabeza y el calor en la cara por casi cualquier cosa… El cuerpo, los dolores, los cambios, el sudor, las reacciones nuevas… Pero ¿y si además de esto, te sientes ajeno en ese cuerpo? ¿ Y si en tu cabeza los químicos naturales están tan desequilibrados que no puedes dejar de mover el pie o aquietar el latido de tu corazón…
La música es una compañía, para llorar, para gritar, para suspirar, tal vez todos la escuchamos, pero algunos afortunados también han podido hacerla, y una cantidad aún más pequeña ha conseguido convertir aquello que experimentó durante la época más complicada de su vida en un camino constante, en una obra que evolucionó con ellos y con sus fans.
En 1998, en Oxford, nació Robin Skinner, en una familia donde la música no era un pasatiempo sino el idioma principal. Hijo de un musicólogo y director de coro, y de una flautista y profesora, Skinner creció en Cambridge con la claridad de que el arte era hermoso, sublime y enriquecedor… pero no necesariamente rentable. Vivir del arte es difícil. Sus padres lo apoyaron siempre, aunque fueron honestos sobre lo complicado que podía ser dedicarse al arte y le aconsejaron que hiciera una carrera universitaria, Robin, a pesar de todas las advertencias, eligió la música.
Desde joven fue claro que tenía talento. En su cuarto y guarida —convertida en estudio— comenzó a escribir y grabar sus propias canciones en 2013, produciendo con programas simples como Logic y GarageBand. Abrió un canal de YouTube donde mezclaba covers en ukelele y música original.
Comenzó a fortalecer su base de fans. En ese entonces, los creadores de contenido musical eran muy populares, pero la diferencia que tenía Cavetown eran sus vlogs, en los que incluso, presentaba constantemente a su camaleón mascota haciendo que sus espectadores y seguidores pudieran sentirse parte de ese hogar, parte de esa vida. Fue justo en ese inicio de la vida pública cuando lanzó Haunted Lullaby, una canción sobre la ansiedad, grabada con el micrófono interno de su computador. Sencilla. Frágil. Honesta.
Oficialmente había nacido Cavetown como artista, con sonidos 8-bit que parecen directamente sacados de un videojuego, ambientes espaciales construidos con delays, efectos y texturas elevadas. Una exploración entre el indie pop, bedroom pop y priorizando el Do It Yourself, movimiento muy popular en el mundo indie.
Running With Scissors es el sexto álbum de Cavetown, en el cual se permite algo que históricamente ha evitado: arriesgarse. El nombre del trabajo -Corriendo con tijeras- es una oda a tomar riesgos, a ignorar a esa voz adulta decirle a un Robin preescolar que no acelerara mientras tuviera ese objeto cortopunzante en la mano. ¿Por qué? Porque siempre ha tenido una tendencia a no lastimarse, a no exponerse de más, y quería romper esa burbuja del comfort. En este disco, contrario a lo usual, asume decisiones más valientes, tanto sonoras como estructurales. Running With Scissors rompe la estructura tradicional de verso–coro–verso–puente y desde ahí, convierte el álbum en una exploración.
Desde su perfeccionismo, Skinner busca el equilibrio entre saber cuándo una canción está terminada y cuándo todavía puede seguir transformándose.. El apoyo de otros creativos fue clave para mirar la obra desde afuera y saber en qué punto soltarla. Para ello se rodeó de productores invitados Ryan Raines, David Pramik, Couros y Underscores.
Sonoramente, Running With Scissors combina hiperpop, guitarras pesadas y sus característicos paisajes dream-pop y sonidos 8-bit. Voces modificadas se intercalan con voces limpias y melancólicas, creando duetos consigo mismo que amplían los contrastes del disco. Esto resulta en un disco que conserva la esencia de Cavetown, pero lo empuja a convivir con notas menos predecibles.
Robin fue asignado mujer al nacer y comenzó su transición a los 13 años. Su música se convierte entonces en un espacio para experimentar con la identidad, los deseos, los miedos, la salud mental y las propias vivencias. Ha manifestado en diferentes ocasiones que sufre de ansiedad. Y desde esa vulnerabilidad ha construido comunidad. Quienes escuchan su música hablan de cómo sus letras, su voz y su estilo los ayudan a calmarse en medio de crisis de depresión o ansiedad. Se ha convertido en un lugar seguro compartido.
Dentro de este viaje sonoro de construcción y reparación, tres canciones permiten ver distintas caras del disco.
Cryptid nace desde una vivencia personal: la de ser cuestionado en una sociedad que no acepta lo diferente. Basada en su experiencia como hombre trans, la canción se convierte en una forma de nombrar esa sensación de ser visto como algo extraño, casi mítico, algo que no encaja dentro de lo que otros consideran “normal”.
Pero no se queda en lo individual. Robin le suma a esta canción un cortometraje en el que, de manera casi fantástica, se refleja su experiencia. Cryptid deja de ser únicamente su historia y se convierte en un espejo. Habla de la comunidad trans, sí, pero también de personas negras, personas queer, inmigrantes y, en general, de todos esos “otros” que han sido minimizados por una sociedad excluyente e intolerante.
Por otro lado está Tarmac, una canción que estuvo a punto de quedarse en el olvido. Robin la había hecho con la cantante y compositora irlandesa Orla Gartland y, en medio de la revisión de material para Running With Scissors, tuvo una revelación: la recordó. Y al recordarla, entendió que ahí había algo que no solo tenía sentido, sino que había llegado a su momento de ver la luz. La canción captura un contraste muy específico. El tour como explosión: colores, sonidos, luces, gente, movimiento constante. Todo es intensidad compartida. Todo es estímulo.
Y luego, el tarmac. La pista de aterrizaje. El regreso. La casa en silencio. Estar solo otra vez.
Tarmac captura ese cambio: después de la euforia y el ruido, caer de golpe en una intimidad no siempre deseada. No es solo el viaje físico de una ciudad a otra; es el descenso interno después del ruido.
NPC, non-player character, toma una referencia directa de los videojuegos para hablar de una sensación mucho más íntima: Robin se reconoce en Mr. Nobody, su amigo imaginario de la infancia, un amigo que nunca veía, que siempre estaba de viaje por trabajo, con una maleta en la mano, justo como él ahora, toureando, sin poder elegir sus actividades, haciendo lo que sus responsabilidades le obligan, incluso amando esas responsabilidades, como justamente un personaje no jugable.
En resumen, Running With Scissors es un álbum personal, pero comunitario, juguetón, profundo, emocional y divertido en el que escuchamos que el riesgo no solo está en correr con tijeras, sino en dejar de protegerse tanto.
Escucha este y más álbumes en Tanta Música, viernes a la 9 p.m., sábados a las 11 a.m. y domingos a las 7 p.m, en Cámara FM